Hobsbawm, liberalismo, democracia, socialismo y capital.

 

De todos los acontecimientos de esta era de las catástrofes, el que mayormente impresionó a los supervivientes del siglo XIX fue el hundimiento de los valores e instituciones de la civilización liberal cuyo progreso se daba por sentado en aquel siglo, al menos en las zonas del mundo “avanzadas” y en las que estaban avanzando. Esos valores implicaban el rechazo de la dictadura y del gobierno autoritario, el respeto del sistema constitucional con gobiernos libremente elegidos y asambleas representativas que garantizaban el imperio de la ley, y un conjunto aceptado de derechos y libertades de los ciudadanos, como las libertades de expresión, de opinión y de reunión. Los valores que debían imperar en el Estado y en la sociedad eran la razón, el debate público, la educación, la ciencia y el perfeccionamiento (aunque no necesariamente la perfectibilidad) de la condición humana. Parecía evidente que esos valores habían progresado a lo largo del siglo y que debían progresar aún más. Después de todo, en 1914 incluso las dos últimas autocracias europeas, Rusia y Turquía, habían avanzado por la senda del gobierno constitucional y, por su parte, Irán había adoptado la constitución belga. Hasta 1914 esos valores sólo eran rechazados por elementos tradicionalistas como la Iglesia Católica, que levantaba barreras de defensa del dogma frente a las fuerzas de la modernidad, por algunos intelectuales rebeldes y profetas de las destrucción, procedentes sobre todo de “buenas familias” y de centros acreditados de cultura -parte, por tanto, de la misma civilización a la que se oponían- , y por las fuerzas de la democracia, un fenómeno nuevo y perturbador. Sin duda, la ignorancia y el atraso de esas masas, su firme decisión de destruir la sociedad burguesa mediante la revolución social, y la irracionalidad latente, tal fácilmente explotada por los demagogos, eran motivo de alarma. Sin embargo, de esos movimientos democráticos de masas, aquel que entrañaba el peligro más inmediato, el movimiento obrero socialista, defendía, tanto en la teoría como en la práctica, los valores de la razón, la ciencia, el progreso, la educación y la libertad individual con tanta energía como pudiera hacerlo cualquier otro movimiento. (…..). Lo que rechazaban era el sistema económico, no el gobierno constitucional y los principios de la convivencia”.

(Hobsbawm Historia del siglo XX. Editorial Crítica, pág 116-117. Buenos Aires 1998).

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