Hobsbawm: Estados Unidos cada vez más vasto.

17 de junio del 2003

 

Después de ganar la guerra 

Estados Unidos: cada vez más vastoEric Hobsbawm
Le Monde Diplomatique – Rebelión

Traducido del inglés original para Rebelión por Germán Leyens

Para los que cuentan con una memoria larga y un entendimiento de las ambiciones y la historia de anteriores imperios -y su inevitable decadencia- la actual conducta de Estados Unidos resulta familiar pero no tiene precedentes. Puede conducir a la militarización de EE.UU., a la desestabilización del Oriente Medio y al empobrecimiento, en todo sentido, del resto del mundo.

La actual situación mundial no tiene precedentes. Los grandes imperios globales que hemos visto en el pasado, como el español en los siglos XVI y XVII, y en particular el británico en los siglos XIX y XX, no resisten una comparación con lo que vemos hoy en el imperio de Estados Unidos. El estado actual de la globalización no tiene precedentes en su integración, su tecnología y su política.

Vivimos en un mundo tan integrado, en el que las operaciones corrientes dependen tanto las unas de las otras, que resultan consecuencias globales inmediatas ante toda interrupción – Sars, por ejemplo, que en unos días se convirtió en un fenómeno global, iniciado en una fuente desconocida en algún sitio en China. La disrupción del sistema mundial de transportes, de reuniones e instituciones internacionales, de los mercados globales, e incluso de economías enteras, ocurrieron a una velocidad inconcebible en cualquier período anterior.

Existe el inmenso poder de una tecnología en revolución permanente en la economía y sobre todo en la fuerza militar. La tecnología es más decisiva en lo militar que nunca antes. El poder político a escala global requiere actualmente el dominio de esta tecnología, combinado con un Estado extremadamente grande. Previamente, el tema del tamaño no era relevante: Gran Bretaña que dirigía el mayor imperio de su época era, incluso en las condiciones de los siglos XVIII y XIX, sólo un estado de mediano tamaño. En el siglo XVII, Holanda, un estado del tamaño de Suiza, pudo convertirse en un rival global. Hoy sería inconcebible que algún estado, que no pueda considerarse un gigante -por rico o tecnológicamente adelantado que sea- pudiera convertirse en una potencia global.

Es la compleja naturaleza de la política de nuestros días. Nuestra era sigue siendo la de Estados-nación -el único aspecto de la globalización en la que ésta no funciona. Pero es un tipo peculiar de estado en el que casi cada uno de los habitantes corrientes juega un papel importante. En el pasado los que tomaban las decisiones dirigían los estados con poco interés por lo que pensaba la masa de la población. Y durante fines del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, los gobiernos podían confiar en una movilización de su pueblo que es, en retrospectiva, bastante inimaginable en la actualidad. Sin embargo, hoy en día la población es más manipulada al respecto que nunca antes.

Una novedad crucial del proyecto imperial de EE.UU. es que todas las demás grandes potencias e imperios sabían que no eran únicos, y ninguno aspiraba a la dominación global. Ninguno se creía invulnerable, incluso si pensaba que era el centro del mundo – como lo hizo China, o el imperio romano en su apogeo. La dominación regional era el mayor peligro previsto por el sistema de relaciones internacionales existente en el mundo hasta el fin de la guerra fría. Un alcance global, que se hizo posible después de 1492, no debería ser confundido con la dominación global.

El imperio británico del siglo XIX fue el único que realmente fue global en cuanto a que operaba en todo el planeta, y en este sentido constituye un posible precedente del imperio estadounidense. Los rusos del período comunista soñaban con un mundo transformado, pero sabían perfectamente, incluso durante el apogeo del poder de la Unión Soviética, que la dominación del mundo estaba fuera de su alcance y, contrariamente a la retórica de la guerra fría, nunca trataron seriamente de llegar a una tal dominación.

Pero las diferencias entre las ambiciones actuales de EE.UU., y las de la Gran Bretaña de hace un siglo y más, son notables. EE.UU. es un país físicamente vasto con una de las poblaciones más grandes del globo, pero (a diferencia de la Unión Europea) crece gracias a una inmigración casi ilimitada. Existen diferencias de estilo. El imperio británico ocupó y administró, en su auge, un cuarto de la superficie del globo (1). EE.UU. nunca ha practicado el verdadero colonialismo, con la excepción que ocurrió durante la usanza internacional del imperialismo colonial a fines del siglo XIX y a comienzos del siglo XX. En lugar de hacerlo, EE.UU. operó con estados dependientes y satélites, sobre todo en el Hemisferio Occidental en el que casi no tuvo competidores. A diferencia de Gran Bretaña, desarrolló una política de intervención armada en esos estados durante el siglo XX.

Como el arma decisiva del imperio mundial fue anteriormente la armada, el imperio británico se apoderó de bases marítimos estratégicamente importantes y puntos de escala en todo el mundo. Por ello, la bandera del Reino Unido ondeó desde Gibraltar hasta Sta. Helena, las Islas Falkland [Malvinas, N.d.T.], y sigue ondeando. Fuera del Pacífico, EE.UU. sólo comenzó a necesitar este tipo de bases después de 1941, pero lo hizo mediante acuerdos con lo que entonces se podía calificar realmente de una coalición de los dispuestos. En la actualidad la situación es diferente. EE.UU. se ha dado cuenta de la necesidad de controlar directamente una inmensa cantidad de bases militares, así como de continuar controlándolas indirectamente.

Hay diferencias importantes en la estructura del estado interior y su ideología. El imperio británico tuvo un propósito británico, pero no universal, aunque naturalmente sus propagandistas también encontraron motivos más altruistas. Por lo tanto utilizaron la abolición de la trata de esclavos para justificar el poder naval británico, como los derechos humanos son utilizados actualmente para justificar el poder militar de EE.UU. Por otra parte, EE.UU., como la Francia revolucionaria y la Rusia revolucionaria, es un gran poder basado en una revolución universalista -y, por ello, basada en la idea de que el resto del mundo debería seguir su ejemplo, o incluso que debería ayudar a liberar el resto del mundo. Existen pocas cosas más peligrosas que los imperios que actúan en función de sus propios intereses creyendo que le están haciendo un favor a la humanidad.

La diferencia básica es que el imperio británico, aunque global (en algunos sentidos más global de lo que es EE.UU. actualmente, ya que controlaba por sí solo los océanos más de lo que actualmente ningún país controla los cielos), no aspiraba a un poder global o incluso un poder terrestre militar y político en regiones como Europa y América. El imperio perseguía los intereses básicos de Gran Bretaña, o sea sus intereses económicos, con la menor interferencia posible. Siempre tuvo presente las limitaciones del tamaño y los recursos de Gran Bretaña. Después de 1918 tuvo plena conciencia de su decadencia imperial.

Pero el imperio global de Gran Bretaña, la primera nación industrial, trabajó con la semilla de la globalización, que el desarrollo de la economía británica hizo tanto por hacer progresar. El imperio británico fue un sistema de comercio internacional que, al desarrollarse la industria en Gran Bretaña, se basó esencialmente en la exportación de productos manufacturados a los países menos desarrollados. Por su parte, Gran Bretaña se convirtió en el principal mercado para las materias primas del mundo (2). Después de dejar de ser la factoría del mundo, se convirtió en el centro del sistema financiero del globo.

No así la economía de EE.UU. Se basó en la protección de las industrias locales, en un mercado potencialmente gigantesco, contra la competencia del exterior y ésta sigue siendo un poderoso elemento en la política de EE.UU. Cuando la industria de EE.UU. se convirtió en dominante en el globo, le convino el libre mercado, como le había convenido a los británicos. Pero una de las debilidades del imperio de EE.UU. del siglo XXI es que en el mundo industrializado de la actualidad la economía de EE.UU. ya no es tan dominante como antes. (3) EE.UU. importa en vastas cantidades productos manufacturados del resto del mundo y la reacción de los intereses empresariales y de los votantes ante esta situación sigue siendo el proteccionismo. Existe una contradicción entre la ideología de un mundo dominado por el libre comercio controlado por EE.UU. y los intereses políticos de importantes elementos dentro de EE.UU. que son debilitados por su libre juego.

Una de las pocas maneras que pueden llevar a superar esta debilidad es la expansión de la venta de armamentos. Es otra diferencia entre los imperios británico y de EE.UU. Especialmente desde la II Guerra Mundial, ha habido un grado extraordinario de armamentismo permanente en EE.UU. en tiempos de paz, sin precedentes en la historia moderna: podría ser la razón de la dominación de lo que el presidente Dwight Eisenhower llamó el “complejo militar-industrial”. Durante 40 años en la guerra fría ambos lados hablaron y actuaron como si hubiera una guerra, o estuviera a punto de estallar. El imperio británico llegó a su auge durante un siglo sin mayores guerras internacionales, 1815 a 1914. Además, a pesar de la evidente desproporción entre el poder de EE.UU. y el soviético, este ímpetu del crecimiento de la industria de armamentos de EE.UU. se fortaleció considerablemente, incluso antes de que terminara la guerra fía, y continuó reforzándose desde entonces.

La guerra fría convirtió a EE.UU. en la potencia hegemónica del mundo occidental. Sin embargo, lo hizo como jefe de una alianza. No cabía ilusión alguna sobre la relatividad del poder. El poder estaba en Washington y en ninguna otra parte. En cierto modo, Europa reconoció entonces la lógica de un imperio mundial de EE.UU., mientras que ahora el gobierno de EE.UU. reacciona ante el hecho de que el imperio de EE.UU. y sus objetivos ya no son realmente aceptados. No hay una coalición de los dispuestos: en realidad la actual política de EE.UU. es más impopular de lo que jamás ha sido la política de cualquier otro gobierno de EE.UU. y probablemente de lo que jamás ha sido la política de cualquier otra gran potencia.

Los estadounidenses dirigieron la alianza occidental con una cierta cortesía tradicional en las relaciones internacionales, aunque sólo fuera porque los europeos debían estar en la primera línea en el enfrentamiento de los ejércitos soviéticos: pero la alianza fue soldada permanente con EE.UU. por la dependencia de su tecnología militar. Los estadounidenses se opusieron consecuentemente a un potencial militar independiente en Europa. Las raíces de la fricción que viene de largo entre los estadounidenses y los franceses desde los días de De Gaulle datan de los días en los que los franceses se negaron a aceptar toda alianza entre estados como algo eterno y su insistencia en mantener un potencial independiente para la producción de equipo militar de alta tecnología. Sin embargo, la alianza fue, a pesar de todas las tensiones, una genuina coalición de los dispuestos.

Efectivamente, el colapso de la Unión Soviética dejó a EE.UU. como la única superpotencia, algo que ninguna otra potencia podía o deseaba disputar. La repentina emergencia de un extraordinario poder de EE.UU., implacable, ostentando su antagonismo, es difícil de comprender, tanto más por cuanto no corresponde ni a las políticas imperiales de probada eficacia desarrolladas durante la guerra fría, ni a los intereses de la economía de EE.UU. Las políticas que han prevalecido recientemente en Washington parecen a todo espectador tan dementes que es difícil de comprender lo que se proponen en realidad. Pero a todas luces lo que está en las mentes de los que están actualmente dominando, o por lo menos dominando a medias, las decisiones políticas de Washington, es establecer públicamente la supremacía global de la fuerza militar. Su propósito sigue siendo confuso.

¿Pueden tener éxito? El mundo es demasiado complicado para que un solo estado lo domine. Y, con la excepción de su superioridad militar en armas de alta tecnología, EE.UU. se basa en bienes en disminución, o potencialmente en disminución, Su economía, aunque sea grande, forma una porción declinante de la economía global. Es vulnerable a breve plazo así como a largo plazo. Imaginemos que mañana la Organización de Países Exportadores de Petróleo decidiera pasar todas sus cuentas a euros en lugar de dólares.

Aunque EE.UU. conserva algunas ventajas políticas, ha tirado por la ventana la mayor parte durante los últimos 18 meses. Existen las ventajas menores de la dominación cultural estadounidense sobre la cultura mundial y la del idioma inglés. Pero la mayor ventaja de los proyectos imperiales es, por el momento, militar. El imperio de EE.UU. no tiene competidores en el aspecto militar y es probable que la situación no cambie en el futuro previsible. Ello no significa que esto será absolutamente determinante, sólo porque es determinante en guerras localizadas. Pero desde el punto de vista práctico, no hay nadie, ni siquiera los chinos, que lleguen cerca de la tecnología de los estadounidenses. Pero tendrá que haber una cuidadosa consideración de los límites de la superioridad tecnológica.

Por cierto, teóricamente, los estadounidenses no tienen el objetivo de ocupar todo el mundo. Lo que quieren hacer es librar una guerra, establecer gobiernos amigos y volver a casa. No tendrán éxito. En términos militares, la guerra de Irak fue una gran victoria. Pero, porque fue puramente militar, descuidó las necesidades de lo que hay que hacer cuando se ocupa un país -gobernarlo, mantenerlo, como los británicos hicieron en el clásico modelo colonial de India. El modelo de “democracia” que los estadounidenses quieren ofrecer al mundo en Irak es en este sentido un no-modelo y totalmente irrelevante. La idea de que EE.UU. no necesite auténticos aliados entre los demás estados, o un genuino apoyo popular en los países que sus militares pueden ahora conquistar (pero no administrar efectivamente) es pura fantasía.

La guerra en Irak fue un ejemplo de la frivolidad del proceso de toma de decisiones en EE.UU. Irak era un país que había sido derrotado por EE.UU. y que se negó a someterse: un país tan débil que pudo ser fácilmente derrotado una vez más. Sucedió que poseía bienes -petróleo- pero la guerra fue en realidad un ejercicio para demostrar poderío internacional. La política de la que hablan los desequilibrados en Washington, un completo replanteo de todo el Oriente Medio, no tiene sentido. Si su objetivo es derrocar el reino saudí, ¿qué van a colocar en su sitio? Si fueran serios respecto a un cambio en el Oriente Medio sabemos que lo que tendrían que hacer es presionar a los israelíes. El padre de Bush estaba dispuesto a hacerlo, pero el actual titular de la Casa Blanca no. En lugar de hacerlo, su administración ha destruido a uno de los dos gobiernos claramente laicos en el Oriente Medio y sueña con actuar contra el otro, Siria.

La vacuidad de su política es evidente al ver cómo han presentado sus objetivos en términos de relaciones públicas. Frases como “eje del mal”, u “Hoja de Ruta”, no son declaraciones políticas, sino simplemente sound bites que reúnen su propio potencial político. El abrumador Newspeak que ha inundado al mundo en los últimos 18 meses es una señal de la ausencia de una política real. Bush no hace política, sino una representación teatral. Funcionarios como Richard Perle y Paul Wolfowitz hablan como Rambo en público, y en privado. Todo lo que cuenta es el poder abrumador de EE.UU. En términos reales lo que quieren decir es que EE.UU. puede invadir a todo el que sea suficientemente pequeño y que pueden ganar suficientemente rápido. Eso no constituye una política. Tampoco funcionará.

Las consecuencias de todo esto para EE.UU. van a ser muy peligrosas. En el interior, el verdadero peligro para un país que desea el control del mundo, esencialmente por medios militares, es el peligro de la militarización. El peligro que esto representa ha sido seriamente subestimado.

En el exterior, el peligro es la desestabilización del mundo. El Oriente Medio no es más que un ejemplo de esta desestabilización -mucho más inestable ahora de lo que fue hace 10 años, o hace cinco años. La política de EE.UU. debilita todas las posibilidades alternativas, formales e informales, para el mantenimiento del orden. En Europa ha destrozado la Organización del Tratado del Atlántico Norte -no es que se pierda gran cosa; pero el intento de convertir a la OTAN en una fuerza policial militar mundial de EE.UU. es una farsa. Ha saboteado deliberadamente la UE, y también apunta sistemáticamente a arruinar otro de los grandes logros del mundo desde 1945, los prósperos estados democráticos de bienestar social. La crisis ampliamente reconocida sobre la credibilidad de Naciones Unidas es menos dramática de lo que parece, ya que la ONU nunca ha logrado hacer algo más que operar marginalmente debido a su dependencia total del Consejo de Seguridad, y al uso del veto de EE.UU.

¿Cómo va a confrontar -contener- el mundo a EE.UU.? Algunos, creyendo que no tienen el poder para confrontar a EE.UU. prefieren unírsele. Más peligrosos son los que odian la ideología en la que se basa el Pentágono, pero apoyan el proyecto de EE.UU. sobre la base de que, en el curso de su avance, eliminará algunas injusticias locales y regionales. Esto podría llamarse un imperialismo de los derechos humanos. Ha sido alentado por el fracaso europeo en los Balcanes en los años 90 del siglo pasado. La división de la opinión sobre la guerra de Irak mostró que existe una minoría de intelectuales influyentes, incluyendo a Michael Ignatieff en EE.UU. y a Bernard Kouchner en Francia, dispuestos a apoyar la intervención de EE.UU. porque creen que es necesario que haya una fuerza que arregle los males del mundo. Hay argumentos reales que dicen que hay gobiernos tan malos que su desaparición sería una ventaja neta para el mundo. Pero jamás esto podrá justificar el peligro de crear una potencia mundial que no está interesada en un mundo que no comprende, pero es capaz de intervenir de manera decisiva mediante la fuerza armada cada vez que alguien haga algo que a Washington no le guste.

Ante este panorama podemos ver la creciente presión sobre los medios -porque en un mundo en el que la opinión pública es tan importante, también es enormemente manipulada (4). Se hicieron intentos en la Guerra del Golfo, (1990-1991), de evitar la situación de Vietnam no permitiendo que los medios estuvieran cerca de la acción. Pero esto no funcionó porque hubo medios, por ejemplo CNN, que estuvieron en Bagdad, informando sobre cosas que no correspondían a la historia que Washington deseaba que se publicara. Esta vez, en la guerra de Irak, el control tampoco funcionó, así que la tendencia será de encontrar medios aún más efectivos. Estos podrán tomar la forma de un control directo, tal vez incluso el último recurso del control tecnológico, pero la combinación de gobiernos y propietarios monopolistas será utilizada con aún mayor efecto que con Fox News (5), o como Silvio Berlusconi en Italia.

Hasta dónde va a continuar la actual superioridad de los estadounidenses es difícil de decir. De lo único que estamos absolutamente seguros es de que el aliado histórico será un fenómeno temporal, como ha sucedido en todos los otros imperios. En nuestra vida hemos visto el fin de todos los imperios coloniales, el fin del así llamado Imperio de Mil Años de los alemanes, que sólo duró 12 años, el fin del sueño de revolución mundial de la Unión Soviética.

Hay razones internas por las que el imperio de EE.UU. podría no durar, la más inmediata es que la mayoría de los estadounidenses no están interesados en imperialismo o en la dominación del mundo en el sentido de gobernarlo. Lo que les interesa es lo que les sucede en EE.UU. La debilidad de la economía de EE.UU. es tal que en algún momento tanto el gobierno de EE.UU. como los electores decidirán que les es mucho más importante concentrarse en la economía que continuar con aventuras militares en el exterior (6). Tanto más porque esas intervenciones militares en el exterior tendrán que ser pagadas en gran parte por los propios estadounidenses, lo que no fue el caso en la Guerra del Golfo, ni en buena medida en la guerra fría.

Desde 1997 y 1998 hemos estado viviendo en una crisis de la economía del mundo capitalista. No se va a derrumbar, pero sin embargo es poco probable que EE.UU. continuará con ambiciosas actividades externas si tiene serios problemas en casa. Incluso según los estándares empresariales locales, Bush no tiene una económica política adecuada para EE.UU. Y la actual política internacional de Bush no es particularmente racional para los intereses imperiales de EE.UU. -y ciertamente no para los intereses del capitalismo de EE.UU. De ahí las divisiones de la opinión dentro del gobierno de EE.UU.

El tema crucial ahora es cuál será el próximo paso de EE.UU., y cómo reaccionarán otros países. ¿Seguirán adelante algunos países, como Gran Bretaña -el único miembro genuino de la coalición gobernante- y respaldarán todo lo que contengan los planes de EE.UU.? Sus gobiernos deben indicar que hay límites para lo que EE.UU. puede hacer con su poderío. La contribución más positiva hasta ahora ha sido hecha por los turcos, simplemente por decir que hay cosas que no están dispuestos a hacer, aunque sepan que los beneficiaría. Pero por el momento la principal preocupación es -si no se puede contener- por lo menos hay que tratar de educar o reeducar a EE.UU. Hubo una época en la que el imperio de EE.UU. aceptaba sus limitaciones, o por lo menos la conveniencia de conducirse como si las tuviera. Fue sobre todo porque EE.UU. temía a otro -la Unión Soviética. Ya que no subsiste ese tipo de temor, convendría un interés propio y una educación conscientes.

Junio de 2003
Versión inglesa redactada por Victoria Brittain
* Eric Hobsbawm es historiador; sus obras incluyen “Siglo XX, la era de los extremos”, The Shorter 20th: 1914-1991 (Michael Joseph, London, 1994, paperback by Abacus, London, 1995)


Notas

(1) The Age of Empire 1875-1914, Weidenfeld and Nicolson, London, 1987.

(2) Op cit.

(3) Chalmers Johnson, Blowback: The Costs and Consequences of American Empire, Owl Books, 2001.

(4) “France protests US media plot”, International Herald Tribune, 16 de mayo de 2003.

(5) Eric Alterman, “United States: making up the news”, Le Monde diplomatique, Edición en inglés, marzo de 2003.

(6) “US unemployment hits an 8-year high”, International Herald Tribune, 3 de mayo de 2003.

Texto original en inglés

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One response

4 06 2011
Jose

Estoy de acuerdo en lo básico con lo que Vd. aquí nos expone, pero el imperio estadounidense no únicamente se basa en el poderío militar, sino que va mucho más allá. Le suenan las frases “el modo o estilo de vida norteamericano (American way of life)”, o el tan cacareado “Sueño norteamericano (American Dream)”, sin duda, porque la influencia mundial estadounidense, y he ahí su gran éxito, es mucho mayor y más compleja de un mero dominio militar, incluso económico, sino que sus dominados asumen ese dominio, incluso desean ser dominados, convertidos al estilo de vida estadounidense, en su fuero interno desean ser estadounidenses o al menos como los estadounidenses, quieren cuan conversos ser o parecerse a EUA, y en EUA, que no son tontos, saben que ese deseo se mantendrá vivo, mientras EUA sea esa fábrica de sueños, ese mundo idealizado, que todos quieren imitar, y al que todos quieren pertenecer, de ahí que en EUA, siempre le den una capital importancia a encontrarse en la vanguardia tecnológica y cultural (cine, teatro, literatura, espectáculos, música, internet, etc.), los estadounidenses saben que mientras ostenten esa primacía, científico, tecnológica e innovadora, EUA será la primera potencia mundial, la superpotencia, ese es su éxito.
De ahí que hoy en día sea el inglés la lengua vernácula mundial, algo que la anterior potencia hegemónica, Inglaterra, a pesar de su vasto imperio colonial, no llegó a conseguir, el francés ocupaba ese puesto de privilegio, Francia (París) fue el gran centro de la cultura mundial, hasta que EUA (Nueva York) se lo arrebató.
Éste factor me parece fundamental, hoy todos queremos aprender inglés, vemos la NBA, comemos hamburguesas o pizzas, vemos las películas de Hollywood, vestimos tejanos, bailamos y escuchamos Blues, R`Roll, Soul, Hip Hot, y en todos los aeropuertos del mundo se rotula en inglés, y en nuestras lenguas y en especial en el mundo publicitario abundan los anglicismos. Ese es su gran poder.

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