Breve Historia de Inglaterra – G.K. Chesterton

“Hablamos, con una humillación a la que no es­tamos acostumbrados, de nuestro dudoso papel en la se­cesión de América. No sé si mis palabras contribuirán a aumentar o disminuir la humillación; pero sospecho fir­memente que tuvimos muy poco que ver con ella. Creo que contamos muy poco en aquel asunto. En realidad, ni obligamos a partir a los colonos americanos ni ellos se vieron obligados a hacerla. Siguieron a una luz que los guiaba.

Dicha luz procedía de Francia, como los ejércitos de Lafayette que acudieron en ayuda de Washington. Fran­cia estaba ya alumbrando la tremenda revolución espiri­tual que pronto cambiaría el mundo. Su doctrina, turbu­lenta y creativa, fue muy incomprendida en la época, y sigue siéndolo, pese a la espléndida claridad de estilo con que la plasmaron Rousseau en Del contrato social y Jefferson en la Declaración de Independencia. Pronún­ciese la palabra «igualdad» en muchos países modernos, y cientos de imbéciles se alzarán todos a una para explicar que, si se los observa con cuidado, se verá que unos hombres son más altos o mejor parecidos que otros. Como si Danton no se hubiera percatado de que era más alto que Robespierre, o como si Washington no fuera más que consciente de que era mejor parecido que Fran­klin. No es éste el lugar para exposiciones filosóficas; bas­te con señalar de pasada, a modo de parábola, que cuan­do decimos que todos los peniques valen lo mismo, eso no significa que todos tengan exactamente el mismo as­pecto. Lo que queremos decir es que son absolutamente iguales en su carácter absoluto, en su cualidad más im­portante. Podemos explicarlo de un modo práctico di­ciendo que son monedas de un cierto valor y que doce juntas suman un chelín. Podemos expresarlo de modo simbólico, e incluso místico, diciendo que todas llevan la efigie del rey. Y el resumen más práctico, aunque también el más místico, de la igualdad es que todos los hombres llevan consigo la imagen del Rey de Reyes. Por supuesto que no hay duda de que esta idea subyació durante mu­cho tiempo en toda la cristiandad, incluso en institucio­nes formalmente menos populares de lo que pudo ser, por ejemplo, el vulgo de las repúblicas medievales en Italia. El dogma de los deberes iguales implica el de la igualdad de derechos. No conozco a ninguna autoridad cristiana que niegue que tan mal está asesinar a un pobre como a un rico, o tan mal robar en una casa mal amue­blada como en una decorada con gusto. Pero el mundo se había ido apartando más y más de estos truismos, y na­die se había alejado más que el grupo de los grandes aris­tócratas ingleses. La idea de la igualdad de los hombres es, en sustancia, la idea de la importancia del hombre. Pero era precisamente la idea de la importancia del hombre de la calle la que le parecía más sorprendente e indecente a una sociedad que basaba su romanticismo y su religión en la importancia concedida al gentilhombre. Fue como si alguien hubiera entrado desnudo en el Parlamento. Falta espacio para desarrollar del todo esta cuestión moral, pero con esto bastará para demostrar que quienes se preocupan en distinguir las diferencias entre tipos o talentos humanos pierden el tiempo. Si son capaces de entender que dos monedas valen lo mismo, aunque una brille y la otra esté herrumbrosa, tal vez puedan comprender por qué dos hombres tienen el mismo derecho al voto, aunque uno sea muy brillante y el otro un obtuso. Si, pese a todo, siguen satisfechos con su sólida objeción de que algunos hombres son obtusos, no me queda más que convenir con ellos en que los hay obtusos”.

                          G.K.  Chesterton, Breve historia de Inglaterra, Acantilado, págs. 210-212

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One response

3 12 2008
guimbo

Este texto es co-jo-nu-do!
No estoy seguro pero me suena que hace poco salió la Iglesia (no sé si la rojigualda o la blanquigualda) otra vez con la cantinela de que eso de la igualdad era oficio de miopes. ¿Alguien se acuerda?

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