La difícil conquista de la libertad: los intentos de fuga de un esclavo

La difícil conquista de la libertad: los intentos de fuga de un esclavo

 

FABRE, M., 1970, 154-156.

 

Nací en Brunswick y pasé una parte de mi infancia en Southampton, quince kilómetros al sur de Bethlehem, en Virginia. Me compró entonces un «comerciante de negros», J. B., que me vendió a J. S., en Carolina del Sur. Allí se nos trataba bárbaramente. Tenía dieciséis años, y el trabajo que me fue confiado fue partir leña. Lo terminé en el tiempo que me habían dado y quise ir a descansar. La mujer del dueño era aún más dura que él y me mandó hacer hogueras en el camino y quemar allí la basura. Acabé a las diez: el patrón volvió a casa y yo entré también allí. La mujer me mandó a por agua para limpiar el suelo, etc. Me negué a ello, y me fui a pasar la noche a «la casa de los negros» de su padre. Al día siguiente por la mañana el dueño me vino a buscar, me condujo a su casa, me desnudó, cogió una gruesa tabla de roble para hacer con ella un batidor, me ató al tronco de un pino y me ató manos y pies, entonces empezó a pegarme con el batidor. Su niño que lo vio se puso a llorar y lo echó de allí con malas palabras; llegó su mujer y la echó con malas palabras. Después me metió en la casa y me pegó con un bastón de nogal americano, más de doce veces: luego fue a buscar sal, agua y una espiga de maíz y me frotó con ello. Luego me mandó a dar el agua a los cerdos, desnudo del todo (estábamos en enero). Me escapé al bosque y volví a la misma «casa de los negros» donde me dieron algunos harapos para que no muriera helado.

Me repuse de la paliza y al cabo de cierto tiempo me escapé de nuevo porque no me permitía ir a ver a mis amigos. Me cogió un hombre de color que me devolvió a casa del padre adoptivo de mi dueño y me dio de latigazos hasta que le pareció suficiente y después llegó mi amo y la emprendió conmigo a correazos. Me escapé de nuevo, me cogieron y me encerraron en un almacén de patatas.

Después de esto me soltaron en los campos para que me las arreglara como pudiera, pero no tenía fuerzas para trabajar.

Mi amo marchó a instalarse en el Mississippi y me llevó con él el año antes del inicio de la lucha del general Jackson contra los indios.

La gran cicatriz que tengo en la mejilla izquierda me la hicieron mientras luchaba durante una evasión. El hombre que me cogió me dio un golpe con el cañón de su fusil que me hizo caer en el barro. Luego me ató. Esta vez recibí trescientos latigazos. Uno de los esclavos que había ayudado a atarme se desmayó ante tamaña crueldad: Tengo la cicatriz de un cuchillazo que me propinó J. S. después de haber trabajado para él durante todo el día, porque no podía pegarme como él deseaba.

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