Hobsbawm – Nociones de Economía en La Era del Imperio

“No obstante, a pesar del título programático de la gran obra de Adam Smith, La riqueza de las Naciones (1776), la <nación> como unidad no tenía un lugar claro en la teoría pura del capitalismo liberal, cuyos elementos básicos eran los átomos irreducibles de la empresa, el individuo o la <compañía> (sobre la cual no se decía mucho) impulsados por el imperativo de maximizar las ganancia y minimizar las pérdidas. Actuaban en <el mercado>, que, en sus límites, era global. El liberalismo era el anarquismo de la burguesía y, como en el anarquismo revolucionario, en él no había lugar para el estado. O, más bien, el estado como factor económico sólo existía como algo que interfería el funcionamiento autónomo e independiente de <el mercado>.

            Esta interpretación no carecía de lógica. Por una parte, parecía razonable pensar que lo permitía que esa economía evolucionara y creciera eran las decisiones económicas de sus componentes fundamentales. Por otra parte, la economía capitalista era global, y no podía ser de otra forma. Además, esa característica se reforzó a lo largo del siglo XIX, cuando el capitalismo amplió su esfera de actuación a zonas del planeta cada vez más remotas y transformó todas las regiones de manera cada vez más  profunda. (…) esa economía no reconocía fronteras, pues cuando alcanzaba mayor rendimiento era cuando nada interfería con el libre movimiento de los factores de producción. Así pues, el capitalismo no sólo era internacional en la práctica, sino internacionalista desde el punto de vista teórico. El ideal para sus teóricos era la división internacional del trabajo que asegurara el crecimiento más intenso de su economía. Sus criterios eran globales: no tenía sentido intentar producir plátanos en Noruega, porque su producción era mucho más barata en Honduras. Rechazaban cualquier tipo de argumento local o regional opuesto a sus conclusiones. La teoría pura del liberalismo económico se veía obligada a aceptar las consecuencias más extremas, incluso absurdas, de sus supuestos siempre que se demostrara que producían resultados óptimos a escala global. Si se podía demostrar que toda la producción industrial del mundo debía estar concentra en Madagascar (de la misma manera que el 80 por 100 de la producción de relojes estaba concentrada en una pequeña zona de Suiza), o que toda la población de Francia debía trasladarse a Siberia (al igual que una parte importante de la población noruega se trasladó mediante la emigración a los Estados Unidos), no existía argumento económico alguno que pudiera oponerse a esas iniciativas”.

Eric Hobsbawm, La Era del Imperio

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