Vida de Napoleón – Stendhal

“En 1785, había sociedad, es decir, algunos seres indiferentes los unos con respecto a los otros, reunidos en un salón, con­seguían procurarse si no muy vivos goces, al menos placeres muy delicados y sin cesar renacientes. El placer de la socie­dad se hizo incluso tan necesario que consiguió ahogar los grandes goces que dependen de la naturaleza íntima del hombre y de la existencia de las grandes pasiones y las altas virtudes. Todo lo que es fuerte y sublime dejó de encontrar­se en los corazones franceses. Sólo el amor consiguió unas escasas excepciones; pero, como las grandes emociones se encuentran sólo a intervalos muy alejados y los placeres de salón son de cada instante, la sociedad francesa tenía el atractivo que le procuraron el despotismo de la lengua y de los modos.

Sin que se sospechara, aquella extremada cortesía había destruido por entero la energía en las clases ricas de la na­ción. Quedaba ese coraje personal que tiene su fuente en la extrema vanidad, y que la cortesía tiende a irritar y a aumentar sin cesar en los corazones.

Eso era Francia cuando la hermosa María Antonieta, de­seando procurarse los placeres de una mujer hermosa, con­virtió la corte en una sociedad. Ya no se era bien recibido en Versalles porque se fuera duque y par, sino porque madame de Polignac se dignaba encontraros agradable. Resultó que al rey y a la reina les faltaba ingenio. El rey, además, no tenía carácter; y así, accesible a todos los opinadores, no supo arrojarse en brazos de un primer ministro o subirse al carro de la opinión pública. Desde hacía mucho tiempo no era en absoluto provechoso ir a la corte, pero las primeras refor­mas del señor de Necker, que cayó sobre los amigos de la reina hicieron evidente a todas las miradas esa verdad. Desde entonces ya no hubo corte.

La Revolución comenzó por el entusiasmo de las almas buenas de todas las clases. El lado derecho de la Asamblea Constituyente presentó una inoportuna resistencia; fue nece­sario hacer acopio de energía para vencerla: era llamar al campo de batalla a todos los jóvenes de la clase media que no habían sido marchitados por la excesiva cortesía. To­dos los reyes de Europa se coaligaron contra el jacobinismo. Entonces tuvimos el sublime impulso de 1792. Fueron nece­sarios un suplemento de energía y hombres de una clase me­nos elevada aún en la que gente muy joven se encontró a la cabeza de todos los asuntos. Nuestros mayores genera­les salieron de las filas de los soldados para mandar, como quien juega, ejércitos de 100.000 hombres. En aquel momento, el mayor en los anales de Francia, la cortesía fue proscrita por las leyes. Todo lo que tenía cortesía se volvió con justicia sospechoso para un pueblo envuelto en traidores y traiciones, y podemos ver que no estaba tan equivocado al pensar en la contrarrevolución.

Pero con una ley y con un impulso de entusiasmo un pueblo o un individuo no pueden renunciar a una antigua costumbre. Con la caída del Terror, se vio a los franceses re­gresar con furor a los placeres de la sociedad. Fue en los sa­lones de Barras donde Bonaparte entrevió por primera vez los delicados y encantadores placeres que puede proporcio­nar una sociedad perfeccionada. Pero, como aquel esclavo que se presentaba en el mercado de Atenas cargado de mo­nedas de oro y sin monedas de cobre, su espíritu era de na­turaleza demasiado elevada, su imaginación demasiado infla­mada y demasiado rápida para que pudiera llegar a tener éxito en un salón. Por lo demás, aparecería allí a los 26 años, con un carácter formado e inflexible.

                                          Stendhal, Napoleón, Verticales de bolsillo, págs. 167-169

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