Liberalismo y esclavismo.

Resulta sorprendente descubrir que Locke, Adam Smith, Tocqueville, Montesquieu, Bentham, Mandeville, Mill, Jefferson y Washington, los grandes defensores de la libertad, eran inequívocamente partidarios de la esclavitud y propietarios todos ellos de esclavos.

 

“Es indiscutible que en las tres revoluciones liberales se entrecruzan fuertemente las reivindicaciones de la libertad y las justificaciones de la esclavitud, además de la diezma (o bien el aniquilamiento) de los bárbaros” (Domenico Losurdo Contrahistoria del liberalismo. Editorial El Viejo Topo. Barcelona 2005, cap.I, pág. 36).

 

“La línea que delimita la comunidad de los libres, de espacial, termina convirtiéndose en racial” (Losurdo Op.cit., pág. 62).

 

“Según Locke (…) a partir de los tres años conviene poner a trabajar a los niños de las familias que no son capaces de alimentarlos” (Losurdo Op.cit., pág. 78. Citando a Locke: A Draft of a Representation  Containing a Scheme of Methos for the Employment of the Poor. Proposed by Mr. Locke, the 26 October 1697, en Id. Political Writings. Penguin Books. London-New York 1993, p.454).

 

“En la Grecia antigua estaba ausente la esclavitud-mercancía de base racial que, en el caso americano, va unida, no a la democracia directa, pero sí con la democracia representativa: a la modernidad del modo de producción corresponde la modernidad del régimen político” (Losurdo Op.cit., pág. 112).

 

“La tentación eugenésica atraviesa profundamente la tradición liberal” (Losurdo Op.cit., pág. 121).

 

Herederos del radicalismo francés de un Diderot, en el que, a diferencia de Rousseau, aún hay etnocentrismo -como cuando indica en la Enciclopedia que todo el pensamiento de Confucio cabía en una máxima de Séneca– considera Losurdo a Marx y Engels que ya hablan de la “barbarie” de la sociedad burguesa, una crítica presente en la integridad del pensamiento de Nietzsche, pero al que Losurdo considera un reaccionario en otra de sus obras.

 

“Incluso cuando critica la esclavitud, la tradición liberal no pone en discusión la identificación de Occidente con la civilización y el mundo colonial con la barbarie. De otra manera se comporta el radicalismo” (Losurdo Op.cit., pág. 173).

 

Escribe el gran filósofo liberal Immanuel Kant en 1764: “Los negros de África no tienen sentimiento alguno acerca de la naturaleza que sobrepasa a lo pueril. El Sr. Hume invita a todo el mundo a que presenten un solo ejemplo en el que un negro haya demostrado talento y afirma: entre los cientos de miles de negros que han sido trasladados de sus países a otra parte, aunque muchísimos de ellos también hayan sido puestos en libertad, no se ha encontrado ni una vez uno solo que haya presentado algo grande ya sea en arte o en ciencia o en alguna otra cualidad gloriosa, si bien entre los blancos se encumbran algunos continuamente desde el vulgo más bajo y conquistan un prestigio en el mundo con dotes excelentes” (Immanuel Kant Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime. [253]. Alianza Editorial. Madrid 1990, pág.103).

 

Y prosigue Kant con un alegato a favor de la libertad de las mujeres en los países no civilizados como justificación de la esclavitud por Occidente de otros pueblos. Ese es un argumento hoy muy en uso por el neoliberalismo reinante, que en nombre de la libertad de sus mujeres y la extensión de la democracia, conquista el gas de Afganistán y el petróleo de Irak. Detrás de esas consideraciones yace un silogismo clasista y racista según el cual pobre y no desarrollado tecnológica y materialmente equivale a estúpido y pusilánime: “¿Qué otra cosa mejor puede esperarse de los países de los negros, sino lo que allí se encuentra por todas partes, a saber, el sexo femenino en la más profunda esclavitud? Un pusilánime es siempre un dueño riguroso de los débiles, lo mismo que entre nosotros el marido es siempre un tirano en la cocina. (…). Este tipo era completamente negro desde la cabeza hasta los pies, prueba manifiesta de que todo cuanto pudiera decir, habría de ser, necesariamente estúpido” (Immanuel Kant Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime. [254-255]. Op.cit., pág.106).

 

Los filósofos y pensadores políticos son hombres al fin y al cabo, hallándose en ellos contradicciones y pensamientos opuestos. No hay que tratar entonces ni que denigrar a un gran pensador por algunas frases de su obra que hacen notar que estaba imbuido de los prejuicios de su época, ni ensalzarlo divinamente como si hubiese sido un dios entre los hombres debido a sus honrosas deliberaciones. Nuestra misión como venideros es recoger sus buenos frutos, critica y condenar sus yerros y procurar que esa labor nos ayude a limitar los propios prejuicios de nuestro tiempo así como los heredados del pasado, errores en los que aún nos hallamos envueltos:

 

“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla” (Adam Smith, La teoría de los sentimientos morales).

 

“Únicamente el afán de lucro inclina al hombre a emplear su capital en empresas industriales, y procurará invertirlo en sostener aquellas industrias cuyo producto considere que tiene el máximo valor, o que pueda cambiarse por mayor cantidad de dinero o de cualquier otra mercancía.

Pero el ingreso anual de la sociedad es precisamente igual al valor en cambio del total producto anual de sus actividades económicas, o mejor dicho, se identifica con el mismo. Ahora bien, como cualquier individuo pone todo su empeño en emplear su capital en el sostenimiento de la industria domestica, y dirigirla a la consecución del producto que rinde más valor, resulta que cada uno de ellos colabora de una manera necesaria en la obtención del ingreso anual máximo para la sociedad. Ninguno se propone, por lo general, promover el interés público, ni sabe hasta qué punto lo promueve. Cuando prefiere la actividad económica de su país a la extranjera, únicamente considera su seguridad, y cuando dirige la primera de tal forma que su producto represente el mayor valor posible, sólo piensa en su ganancia propia; pero en éste como en muchos otros casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones. Mas no implica mal alguno para la sociedad que tal fin no entre a formar parte de sus propósitos, pues al perseguir su propio interés, promueve el de la sociedad de una manera más efectiva que si esto entrara en sus designios. No son muchas las cosas buenas que vemos ejecutadas por aquellos que presumen de servir sólo al interés público. Pero ésta es una afectación que no es muy común entre comerciantes, y bastan muy pocas palabras para disuadirlos de tal actitud.

Cuál sea la especie de actividad doméstica en que pueda invertir su capital, y cuyo producto sea probablemente de más valor, es un asunto que juzgará mejor el individuo interesado en cada caso particular, que no el legislador o el hombre de Estado. El gobernante que intentase dirigir a los particulares respecto de la forma de emplear sus respectivos capitales, tomaría a su cargo una empresa imposible, y se arrogaría una autoridad que no puede confiarse prudentemente ni a una sola persona, ni a un senado o consejo, y nunca sería más peligroso ese empeño que en manos de una persona lo suficientemente presuntuosa e insensata como para considerarse capaz de realizar tal cometido. (…) Siempre será máxima constante de todo cabeza de familia prudente no intentar nunca hacer en casa lo que le cueste más hacer que comprar. El sastre no intenta hacerse sus propios zapatos, sino que los compra al zapatero. El zapatero no intenta hacer su propia ropa, sino que la encarga al sastre. El granjero no intenta hacer ni una cosa ni la otra, sino que recurre a esos diferentes artesanos. A todos les interesa emplear a toda su industria para aquello en lo que tienen alguna ventaja frente a sus vecinos y comprar con una parte de su producto o, lo que es lo mismo, con el precio de una parte de él, todo lo que tengan ocasión de comprar” (Adam Smith Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Libro IV: De los sistemas de economía política. Cap.II: De las restricciones impuestas a la introducción de aquellas mercancías extranjeras que se pueden producir en el país. Editorial F.C.E. México 1987, pág.401-402; y 402-403. Título original: An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. 1776).

 

 

 

 

 

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