La familia en la sociedad capitalista. A propósito del capítulo 13 de La era del capital

Pedro Fernández Liria

 

La familia en la sociedad capitalista.

 

Como han mostrado abundantemente la antropología, existen numerosas formas de organización familiar, algunas de ellas extraordinariamente complejas para lo que estamos acostumbrados en Occidente, como la existente en la sociedad nayar (India).

 

[RECUADROS:]

 

La familia nayar

 

«Entre los nayar, la “familia nuclear” está compuesta del hermano, la hermana y los hijos de la hermana. La mujer ha contraído matrimonio con un marido del que, después, se ha divorciado ritualmente, pero los hijos pueden haber sido engendrados por cualquiera de sus amantes. Uno de éstos, y no precisamente el padre biológico, reconoce a los hijos y les da un nombre.» (Kathleen Gough, Los nayar y la definición del matrimonio, Barcelona, Anagrama, 1987, 430-445).

 

¿Qué es la familia?

 

Según la antropóloga inglesa Kathleen Gough, «la familia puede definirse como una pareja casada u otro grupo de individuos adultos que cooperan en la vida económica y en la crianza de los hijos, la mayor parte de los cuales, o todos, usan una morada común. […] Además, la familia implica al menos dos condiciones universales: (I) las reglas que prohíben las relaciones sexuales y el matrimonio entre parientes próximos (prohibición del incesto); y (II) la existencia del matrimonio como relación socialmente reconocida y duradera (aunque no necesariamente de por vida).» (Kathleen Gough, El origen de la familia, Barcelona, Anagrama, 1987, p. 114-115).

 

El prestigioso sociólogo anglosajón Anthony Giddens sostiene que la familia es un grupo de personas ligadas entre sí por vínculos de sangre, matrimonio o adopción, que constituye una unidad económica y en el que los miembros adultos asumen la responsabilidad de la crianza y el cuidado de los hijos. No obstante, hoy en día, en Occidente, tendemos a denominar «familia» al subgrupo familiar que los sociólogos y los antropólogos denominan «familia nuclear», formada por dos personas adultas y los hijos –engendrados o adoptados– de ambas (Anthony Giddens, Sociología, Alianza Editorial, Madrid, 1992, pp. 415, 416, 764 y 778) . Sin embargo, la familia no siempre ha tenido unos límites tan estrechos ni una extensión tan restringida como la que tiene en la actualidad en los países occidentales. Ha sido durante los dos últimos siglos, con el desarrollo del capitalismo en todo el mundo occidental, cuando la familia ha quedado reducida a la escuálida realidad que hoy es.

Marx y Engels se quejaban con toda razón en 1947 de que se acusara a los comunistas de que querer destruir a la familia, cuando estaba claro que la mayor amenaza que había pesado nunca sobre la pervivencia de la familia la constituía precisamente el desarrollo del capitalismo.

Según han ido bajando los salarios –explicaban entonces Marx y Engels– ha sido cada vez más y más difícil mantener una familia con un solo sueldo. Los hombres están trabajando doce y catorce horas en el turno de día o en el turno de noche, las mujeres trabajan doce y catorce horas de día o de noche. ¿Qué vida familiar pueden tener? Es ya casi un enigma cómo es que logran hacer hijos al cruzarse camino de la fábrica.

¿Hijos? En tiempos de Marx (y actualmente, más de lo que a veces se quiere reconocer) los niños trabajaban desde los cinco y seis años, y trabajaban diez, catorce, dieciséis horas. En ocasiones dormían en dependencias cercanas a la propia fábrica, en unos camastros de los que se decía que «nunca se enfriaban», pues, en efecto, cuando eran desalojados por los niños que se levantaban para cumplir el turno de día, eran ocupados por los niños que se acostaban tras trabajar en el turno de noche. ¿De esa vida familiar es de la que habláis?, pregunta Marx. La vida familiar del proletariado ha sido completamente destruida por la revolución industrial y el capitalismo. Ahí abajo en las minas, las mujeres están trabajando desnudas, delante de sus padres y sus hermanos, mientras sus hijos trabajan en las hilanderías. ¿Ésta es la sagrada vida familiar que, según decís, los comunistas no respetamos? Hace ya mucho tiempo que el proletariado no tiene familia y que si la tiene es sólo por casualidad. El proletariado, que es un ser humano sin propiedad privada, es también el primer ser humano (casi) sin familia.

Habrá quien diga que esto ocurría en tiempos de Marx, pero que la cosa ha cambiado sustancialmente. Es verdad que en los papeles se ha prohibido el trabajo infantil, pero, de hecho, hay cerca de 250 millones de niños explotados y forzados a trabajar para sobrevivir (73 millones con menos de 10 años y 8 millones en condiciones de esclavitud u obligados a prostituirse según UNICEF y la Organización Internacional del Trabajo). De todos modos, no hace falta irse a América Latina ni a Asia. Para lo que estamos intentando defender aquí, nos basta incluso con mirar un poco alrededor. La patronal lleva desde los años ochenta exigiendo más y más flexibilidad al mercado laboral. El resultado ha sido el mercado laboral basura con el que cualquier joven se enfrenta hoy en día cuando decide ganarse la vida por su cuenta. Puede que encuentre un trabajo de tres meses, en una empresa de trabajo temporal, cobrando una miseria, en Vallecas. Luego puede que le contraten una semana, pero esta vez en Asturias. Siempre podría encontrar un trabajo por temporada de tres meses, pero en un invernadero de Almería. Puede también trabajar de teleoperador, tres días en Vodafone, dos meses en Orange y luego un día sí y otro no en Telefónica, según los caprichos de la subcontrata. Luego, seguramente, tendrá que alternar con unos meses de paro. Mientras tanto, habrá cobrado un sueldo insultante, que le habrá permitido subsistir, pero subsistir en un piso compartido, o como suele ocurrir, en casa de sus padres, pese a contar ya con 25, con 30, con 35 años. ¿Este sujeto tiene muchas posibilidades de fundar una familia, de tener dos o tres hijos, de instalarse siquiera en algún sitio? Mientras tanto, las viviendas están a un precio prohibitivo, del que mejor no hablar. Compárese la situación de este soltero inevitable, de este nómada del mercado de trabajo, de este condenado a la minoría de edad que vivirá siempre en casa de sus padres o en pisos compartidos de estudiantes, con la vida familiar de un indígena dogón, que puede recitarte siempre una lista de trescientos primos, decenas de tíos, sobrinos, abuelos y tatarabuelos. La movilidad y la flexibilidad vital que exige más y más el mercado laboral hace ya mucho que hizo imposible la familia extensa; pero, cada vez más, incluso la familia más restringida se vuelve imposible. La gente se sorprende al ver que cuando están operando a un gitano en el hospital, la sala de espera suele estar llena de familiares, abuelas, tíos, sobrinos, primos, hijos, nietos, treinta o cuarenta personas a lo mejor. Teresa San Román, una antropóloga española estudiosa del tema explica muy bien que si los gitanos han logrado mantener una vida familiar muy densa y extensa, lo han hecho a fuerza de especializarse en habitar ciertos intersticios del mercado de trabajo, sin lograr o querer jamás integrarse en él. Uno no viaja por el mercado laboral llevando trescientos primos en la maleta. Uno no alega en una entrevista de trabajo que el puesto le parece que está muy lejos de la casa de sus padres y de sus hermanos, o del cementerio en el que descansan sus ancestros. En una entrevista de trabajo la ley es que o lo tomas o lo dejas. Y si tienes o no familia, es tu problema.

Y si por el capitalismo fuera, si se pudiera encontrar el medio de que los hijos nacieran en botellas y que los hombres y las mujeres carecieran del todo de vida familiar, de tal modo que se les pudiera mandar cada día a trabajar a un sitio distinto si ello fuera necesario, pues tanto mejor. De todos modos, para tener hijos e hijas, tampoco hace falta conservar la vida familiar. En España, por ejemplo, los emigrantes más pobres están teniendo muchos hijos. Por cierto, ello se esgrime a veces para argumentar que quien no tiene hijos es porque no quiere (y no por la situación a la que se enfrentan los jóvenes en el mercado laboral basura o por el precio de la vivienda). La vileza de este argumento es de tal calibre que no merece comentario. Por debajo de una determinada línea de pobreza, es cierto que se tiende a tener muchos hijos. Hay distintos motivos para ello: la falta de medios anticonceptivos, el machismo, la incultura, y también, el hecho de que cuando eres ya tan pobre tan pobre que no tienes nada de nada, los hijos empiezan a ser una ayuda en lugar de una carga. Ahora bien, ¿cuál es la vida familiar que resulta de ello? Pongamos un caso real: una chica colombiana de treinta años, que tiene cinco hijos de padres distintos y desaparecidos. A los cuatro mayores los ha dejado con su abuela en Bogotá. Ella trabaja de asistenta en varias casas de Madrid. Su otro hijo, de dos años, se cayó en la piscina de la casa que limpiaba y se ahogó. ¿Acaso se puede llamar a esto tener una vida familiar?

Por lo tanto, es cierto que, en los últimos tiempos, la familia ha visto su supervivencia amenazada; es cierto que ha sido objeto de una agresión sin precedentes en toda la historia de la humanidad. Pero no desde luego, como sostienen los sectores más integristas de la Iglesia católica, porque la familia se haya diversificado, porque dos personas del mismo sexo puedan criar y formar hijos comunes. No. Si la familia ha visto su existencia misma amenazada ha sido por el predominio del modo de producción capitalista , que durante los años más duros de la revolución industrial, estuvo a punto de hacerla desaparecer y que, hoy, en plena era de la globalización, la ha convertido en una carga que sólo puede ser sobrellevada (siempre y cuando no seas pobre) mediante la contratación de terceras personas que se hagan cargo de los hijos mientras los padres están trabajando, yendo a su centro de trabajo o volviendo de él.

La familia nunca ha disfrutado de peor salud que bajo las condiciones capitalistas de producción. Tener, hoy, unos hijos a los que criar y educar, con los que jugar y divertirse, con los que pasear o charlar largamente, o a los que leer un libro, es un lujo que muy pocas personas del mundo se pueden permitir. Bajo el capitalismo, la televisión, el ordenador y la niñera han venido a cubrir la ausencia de relación entre los padres y los hijos. No hay tiempo para los hijos. Con un solo sueldo la familia «no llega a fin de mes», así que los dos padres trabajan. A los hijos se les apunta a un rosario interminable de «actividades extraescolares» para tenerlos guardados en algún sitio mientras sus padres cumplen con sus obligaciones laborales. En los meses de verano, se les apunta a un «campamento» o se les manda al extranjero «a aprender otro idioma» para que sus padres puedan seguir trabajando. Y a diario, se les lleva al colegio una hora antes de que comiencen las clases ordinarias y se les va a recoger tres horas después de que éstas hayan terminado. La niñera, los maestros y sus abuelos pasan más horas con los niños que sus propios padres, siempre demasiado ocupados. La mayor parte del tiempo que los padres pasan con sus hijos, éstos están durmiendo.

Las condiciones de trabajo capitalistas han convertido la familia en una parodia de lo que debería ser. ¡Y la Iglesia preocupada por la opción sexual de los padres! Les inquieta que los padres puedan ser homosexuales, pero no dicen nada sobre el hecho de que, por lo general, los padres sencillamente no están; sobre el hecho –éste, sí, verdaderamente preocupante– de que los niños sólo vean a sus padres durante unas horas los domingos. ¿No hierra por completo la Iglesia su blanco? ¿No es al sistema económico que nos roba el tiempo y el espacio para la vida familiar al que habría que denunciar en defensa de la familia?

 

 

[RECUADRO:]

 

El cabello de una niña.

 

«Empiezo con el cabello de una niña. Sé que eso al menos es algo bueno. Sea el mal lo que sea, el orgullo de una madre buena en la belleza de su hija es algo bueno. Es una de esas ternuras adamantinas que son la piedra de toque de toda época y raza. Si hay otras cosas en contra, esas cosas deben desaparecer. Si los arrendadores y las leyes y las ciencias están en su contra, arrendadores y leyes y ciencias deben desaparecer. Con el pelo rojo de una rapazuela traviesa de las cloacas prenderé fuego a toda la civilización moderna. Cuando una niña quiere llevar el pelo largo, tiene que tenerlo limpio; como tiene que tenerlo limpio, no tendrá que tener una casa sucia; como no tiene que tener una casa sucia, tendrá una

madre libre y llena de tiempo; como tiene que tener una madre libre, no tendrá que tener un arrendatario

que es un usurero; como no tendrá que existir un arrendatario que es un usurero, tendrá que haber una redistribución de la propiedad; como tendrá que haber una redistribución de la propiedad, habrá una revolución […] Su madre puede mandarle que se haga un moño con su pelo, porque la suya es una autoridad natural; pero el Dueño del mundo no le mandará que se lo corte. Esa niña es la imagen humana y sagrada; alrededor de ella todo el edificio social se tambaleará y se romperá y se caerá; los pilares de la sociedad serán sacudidos con estrépito, y los tejados de las edades pasadas se vendrán abajo; y ni un solo cabello de su cabeza será dañado.» (G. K. Chesterton, Lo que está mal en el mundo).

 

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One response

17 04 2013
Andres Bedoya Cortes

excelente texto, posee mas información sobre esa crítica al capitalismo y familia?

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